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LOS PIES MÁS PEQUEÑOS DEJAN LAS HUELLAS MÁS GRANDES EN NUESTRO CORAZÓN

Llegamos a la UCIN (Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales), todo apuntaba a que era una despedida, era la segunda vez que veía a mis hijos, y la última que vería a uno de ellos. Nos recibió en el box la doctora Mónica y Katia de enfermería.

Estábamos aturdidos, llorando y angustiados, yo continuaba con el mismo dolor intenso de después del parto. Las caras y expresión de la dra. y de la enfermera que nos acompañaban eran de pena. Empezó a contarnos qué había pasado.

Durante la noche, Eduardo había tenido varios paros, comenzó diciéndonos la doctora. “Estaba muy mal y hemos hecho todo lo que está en nuestra mano para mantenerlo con vida. Ha sufrido daños irreversibles y no tenemos más recursos que utilizar para que siga adelante”. Nos quedamos en silencio y no fui capaz de encajar lo que decía.

En ese momento dije: “No hay más recursos pero así está bien y se puede mantener, ¿verdad?”. Ella nos miró con cariño pero con decisión y nos dijo que no, eran las máquinas las que estaban haciendo todas las funciones vitales por él. A lo que volví a preguntar: “¿Pero lo que nos quieres decir es que tenemos que decidir si lo desconectamos? “. También nos contestó: “No, eso ya lo he decidido yo, lo que les estamos diciendo es que será como ustedes quieran”.

Pensé que todo lo que me estaba contando era un sueño, no lo podía creer, no podía estar pasando, no era posible. Nadie te prepara para despedirte de tu bebé mellizo de 3 días.

No habían pasado ni 24 horas desde que lo conocí y lo vi por primera vez, apenas había acariciado su pequeña y diminuta manita el día anterior. ¿Por qué? El sentimiento de culpa me invadía.

Parecía tan relajado y tan tranquilo, mi pequeño bebé luchador que estuvo durante 25 días sin apenas líquido en mi barriga y que ante todo pronóstico esperanzador llegamos a la semana 25+6. Solo podíamos llorar y mirarlo y acariciarlo; me moría de dolor, pena, rabia, impotencia… Pero, ¿y Alejandro? Él estaba estable, dentro de la gravedad.

Estábamos desolados, no éramos capaces de interiorizar que estaban esperando a que nosotros le dijéramos que podían comenzar con el adiós. Katia, nos preguntó si queríamos sus cosas de recuerdo, que nos haría sus huellas y electros en una cartillita. “Lo queremos todo” -dijimos-.

Yo no quería escuchar los monitores y los apagaron. Silencio. Cierta oscuridad. El aire más cargado que nunca. Era la ansiedad; no me dejaba respirar bien. Mis neuronas no podían procesar casi nada. Un shock… 

La doctora nos dijo que si lo quería coger mientras lo preparaban. Tenía tanto miedo, tanto dolor, tantas ganas de aferrarme a él que no sería capaz de soltarlo si me lo ponía en los brazos. Les prometo que no hay nada de lo que me pueda arrepentir más en mi vida, me lo reprocho cada vez que puedo. Tenía miedo, mucho miedo. Y no supe reaccionar de otra manera.

Nos estábamos despidiendo y diciendo adiós a nuestro hijo mientras iban quitando cada uno de los cables que tenía. No tengo noción del tiempo que pasamos allí mientras sucedía ese fatídico desenlace. No dejamos de acariciarlo, besarlo, mimarlo. Joder, es que ni siquiera debería de estar aquí sino en mi barriga. Le quitaron las gafitas que le tapaban toda la cara… era tan bonito, mi carita de ángel. Nunca pude ver el brillo de sus ojitos. Ellas seguían quitando y quitando y mi bebé se iba en paz, se notaba en su carita. Su pelito era suave y moreno, su piel rosadita. Le pusieron una mantita de estrellas azules para envolverlo y un gorrito en su cabeza. Dios mío que precioso estaba mi bebé. Otra vez me ofreció cogerlo, y me puse a llorar como una loca, si me lo das no te lo voy a devolver, no podría separarme de él. Me lo acerco y hasta mis labios, si cierro los ojos, aún puedo sentir ese momento, su olor y acariciarlo con mi nariz mientras brotaban mis lágrimas.

Lo dejaron en la incubadora y nos dejaron con él a solas, y con Ale, que estaba en la incubadora de al lado. Le pedí perdón por no haber podido aguantar más el embarazo, perdón por no ser fuerte para cogerlo, perdón por no haber podido ir antes a estar con él, perdón porque estuviera sucediendo eso y le pedí, le pedí que cuidara de Alejandro allá donde fuera y que siempre fuera su ángel de la guarda.

Después de no sé cuanto tiempo, no poder abrir ni los ojos de no parar de llorar, mi cabeza estallar por tanto dolor, nos dijeron que fuéramos para la habitación, que intentáramos descansar un poco y que teníamos que estar descansados para Alejandro. Y de allí salimos, mi marido empujando mi silla de ruedas, rumbo a la habitación pero sin tino, y con lo único físico que nos quedaría de nuestro hijo Eduardo. Una cartilla con sus huellas, sus electrodos y sus datos, que guardamos como el mayor de los tesoros y que son las que encabezan este blog.

Ahora desde la lejanía del momento, solo puedo agradecer a Katia y a la doctora  Mónica Rivero del HUNSC (Hospital Universitario Nuestra Señora de la Candelaria), porque a pesar de todo el dolor, tengo un recuerdo de paz, tranquilidad y respeto. Gracias 

ELLA ES DAVINIA, MAMÁ DE UN ÁNGEL. CREADORA DEL BLOG "LA VIDA DE UN PREMATURO" Y DE LA CUENTA DE INSTAGRAM "lavidadeunprematuro"

Gracias Davinia por permitirme contar vuestra historia y por ayudar con ella a muchas personas que lamentablemente hayan o estén pasando por algo que jamás debería pasar

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